Las veces que me equivoco
Es algo que siempre tengo presente. A veces me distraigo con el ir y venir. Ahora que pandemia pues, con el estar en casa. Y salir una o dos veces a la semana, toda nerviosa y ansiosa por no querer olvidar nada de la lista y obvio, el ítem de moda, el cubrebocas.
He hecho de todo y creo que solo me falta pintar la casa y comprar más plantas (sí, más). Resulta que tengo buena mano y casi todo lo que planto, nace.
Lavé un par de cortinas y se encogieron. Así como mis ganas de estar en la casa todo el día. Casi me juré que no me pondría en esta posición. Pero creo que aguanté bien estos cuatro meses.
Igual, me sigo diciendo a mi misma que estoy de "vacaciones"...porque sí. Gracias a Dios porque en mi curso las vacaciones significan clases para resolver dudas. Siempre que no se me olvide que en Argentina son dos horas más que aquí, ¿verdad?.
Ay, pero qué ganas de estar en la playa, de estar cuidando a mi sobrinito bebé en Wisconsin. Sigo diciéndome a mi misma que ya llegará el día.
Diego parece aún no extrañar la escuela, aunque precisamente hoy, por primera vez, la mencionó. Y recordó que su kinder había un DVD.
Supongo que puedo agregar un par de cosas a mi rutina... He pospuesto otras pero es por un bien común (el mío y de mi dinero).
Todo el día me torturo con si lo que estoy haciendo en ese preciso momento es lo más sano, lo más inteligente, lo más útil, lo más necesario, lo mejor. Generalmente lo que pienso es que no. Que podría estar haciéndolo mejor. Que a mi plato le faltan grupos alimenticios, que mi marca puede ser más atractiva, que mi carro necesita nuevos limpiabrisas. Y entonces hago una lista, hago lo que puedo si puedo en ese momento. Y me siento mal. Me siento mal por detectar esas fallas, me siento mal por postergar. Pero luego pienso que soy muy dura conmigo misma, y muy a veces pienso que nunca voy a estar satisfecha. Y me perdono. Me hago un café y me siento. Penso que ya será mañana y se hace noche. Pienso que soy afortunada por estar viva un día más y por ver la carita de mi hijo sano que me dice: "¿qué haces, hermosa?".
Me equivoco mucho, aunque no me guste. Dejo que mi cabeza me regañe y yo misma me consuelo, porque sé que eso me pasaba en mi infancia y a veces no había quién me consolara. Ahora lo sé. Y en este mismo instante que estoy pensando en que esto está mal, que por eso borré la otra Mercería, que no debería de estar quejándome aquí, pienso que no es enteramente egoísta lo que hago. Soy consciente de mis acciones y/o pensamientos cuando escribio (como dijo mi ex vecino en su podcast) y así me doy cuenta si son pendejadas (¿o cómo era?). Y así alguien, si lee esto, puede darse cuenta de que le pasa lo mismo y darle la mano a su niño interior.
Pienso que tal vez escribiré sobre mi niña interior por siempre... En un loop eterno de sentimientos encontrados y de contradicciones, por ser una niña intrépida sin miedo a nada, que nadaba, brincaba, andaba en bici, rayaba paredes, cantaba, bailaba... Que olvidó llorar y luego mal aprendió de nuevo. Que siempre será una contradicción por sus dos nombres... Incluso al elegir una pulsera se me nota. O es negro o es rosa pastel.
Lo que importa es que ya no soy una niña, ¿o sí?.
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